Abundancia de nada

Por Alberto Chanona
8 de junio de 2021

Internet nos regaló el mundo al alcance de una conexión. Todo lo que alguien, donde sea, deseara compartir: una canción, un libro, un chiste, una injusticia… Nos dio mucho más que eso, en realidad, pero se entiende el punto: internet nos permitió compartir con relativa facilidad lo que sea que quisiéramos. Conversar. Discutir ideas y problemas comunes. Encontrarnos. Saludarnos. Compartirnos. Volvernos amigos (o no).

En los noventa del siglo pasado, la popularización de la World Wide Web, uno de los servicios de internet, nos hizo soñar con un mundo que al fin sería libre de algunas barreras y limitaciones de la geografía y la materia, propicio para el surgimiento de formas políticas y sociales más dignas de llamarse humanas. Nomás que había un problema (no lo había, pero eso pensaba un montón de gente): ¿cómo ganar dinero a través de internet? Recuerdo haber leído por entonces montones de textos acerca de cómo rentabilizar la web. Fracasaron, en ese momento, los modelos de negocio que intentaron replicar el mundo offline: banners y muros de pago, por ejemplo. Y de repente, creo, vino Google con sus algoritmos de recuperación de datos (públicos y privados) y, poco después, las redes sociales, la imposición de estándares absurdos que terminan en monopolio. Llegó así la respuesta a la pregunta de la década anterior: para ganar dinero no había que vender anuncios, sino los datos de los cibernautas. A los anunciantes o a cualquiera que pague. Por edad, por geografía, por clase social, por sexo, por enfermedad, por deseo, lo que quieras… Pide y se te dará se convirtió en el nuevo, invencible mantra.

Pero había, además, otra pregunta por entonces: ¿por qué querríamos monetizar, poner precio al libre acceso a la información, al conocimiento, a la libertad de expresión, en vez de dirigir nuestro esfuerzo común a construir una red cada vez más accesible y diversa? Ese planteamiento,1 sin embargo, no resultó tan atractivo para la economía del dinero y recibió, como era lógico, también menos eco. Supongo que fue por esa ruta como, poco más o menos ―contado sin gracia y a grandes rasgos―, convertimos a la internet, al compás de la máquina registradora, en un puñado de corralitos borrachos de likes, corazones y caritas enojadas.

El mundo digital parecía darnos también un montón de espacio libre en el mundo físico. Toda la biblioteca empezó a caber en un aparatito. Ni hablar de la música, las películas y álbumes familiares y negativos que ya no enmohecerían jamás en el librero. Digamos, por ejemplo, para las generaciones más recientes, que hace apenas un par de décadas habría bastado el espacio que ocupa hoy un solo año de imágenes en el teléfono de la persona promedio, para narrar tres o cuatro vidas de la gente de entonces. La tecnología nos liberó, pues, del espacio físico, a cambio, tan sólo, de un pequeño incremento en la cuenta de electricidad. Y de comprar, con creciente periodicidad, teléfonos, tabletas, lectores, computadoras…

Francamente, no estoy seguro de que la falta de espacio fuera antes un problema. Pero sí de que esos cambios trajeron consecuencias indeseadas. Por un lado, tenemos tanto que es casi como no tener nada. Ni a solas ni menos aún en compañía, dedicamos tiempo casi nunca a repasar nuestras «galerías» de fotos. No obstante, almacenamos todo, lo que sea (fotos de tickets del supermercado, por ejemplo), sin estar seguros de cuál sea su valor, nomás por si acaso. Y al mismo tiempo, relativizamos cosas cuyo valor sí conocemos: libros, películas o discos, que por otro lado ya no podemos compartir (de forma legal); a veces, incluso, nos encontramos con que desaparecen sin respaldo, de modo inevitable, tan pronto como dejamos de pagar el streaming o cambiamos de dispositivo o la nube nos traiciona. Flotamos, así, anestesiados en una paradoja que no termina por decidirse entre la abundancia y la nada.

No es eso, sin embargo, lo peor. Hoy solemos tener la necesidad –inventada, pero no por nosotros– de procesadores cada vez más rápidos, más grandes, más potentes, que resistan nuevas actualizaciones. Pero usamos el teléfono y computadora para casi lo mismo que hace dos, cinco, diez, quizá veinte años: para trabajar, para escribir, para chatear, para tontear… Es decir, nuestros hábitos se actualizan poco. ¿Para qué entonces tanta actualización en nuestras máquinas? ¿A nadie le parece que hay ahí algo raro? Los avances tecnológicos de hoy venden casi lo mismo que un anuncio de viagra. E igual que con el viagra, las cuentas no nos cuadran. Más aún: la obtención de materiales para todo ese hardware (tierras raras, aluminio, oro, litio…) tiene, desde luego, un costo: el enorme gasto de energía, la degradación de tierras por minería, la contaminación del agua, el desplazamiento de pueblos… Hay ahí un montón de implicaciones éticas (y no exclusivamente ambientales) por las que estamos pasando de largo con desplante olímpico.

Quién sabe a dónde creemos que irá a dar todo eso que abastece nuestro deseo de comunicarnos. Cada miembro de la familia tiene hoy uno o varios dispositivos que renovar y alimentar para no morir de aburrimiento en cualquier visita al baño. De la noche a la mañana y de regreso. En cada barrio, de aquí hasta Timbuctú. Lo cierto es que nuestra relación con la tecnología corre desbocada en sentido contrario a la supuesta preocupación que manifestamos por el cambio climático y el deseo de un mejor mundo para todos.

No sé. Cada vez que blando el dedo flamígero acusador acabo, como cualquiera, más quemado que plancha de taquero. Sólo creo que quizá valdría la pena reconsiderar el modo en que estamos entendiendo, hoy, desde la libertad de expresión hasta el espacio ahorrado en nuestros libreros y cajones. No es probable que un día de éstos despertemos decididos a privarnos de pantallas. Pero tal vez sí queramos y podamos replantear los términos de nuestra relación con ellas.2 Quién sabe. En una de ésas quizá hasta nos animemos a explorar otras vías, otras formas de usar y apropiarnos de la tecnología; o descubramos que internet es, en realidad, más diversa de lo que nos hacen creer las plataformas donde nuestros días naufragan y se pierden en el sopor de un scroll infinito.

Mientras tanto, somos ahora mismo los personajes de un cuento de Cortázar.3 Vivimos en islas interconectadas, escribiendo, enviando videos, memes, fotos de uniquísimos momentos, rodeados de gente sublime, irrepetible; y también entusiasmados, ignorantes o asustados de la masa de bits aglutinantes que crece como la soledad de ese pixel alrededor del sol, donde hubo hielo y mar y gente y otros animales.




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  1. Chin Chee-Kai, «¿Por qué existen recursos gratuitos en internet?», Electronic Frontier Foundation, 1992, https://gopher.tildeverse.org/b1ch0.xyz/0/~ili/surtido-rico/porque-existen-cosas-gratis-en-internet.txt

  2. Eugenio Tisselli, «La comunidad extendida», 2017, http://www.motorhueso.net/text/la_comunidad_extendida.pdf

  3. Julio Cortázar, «Fin del mundo del fin», Historias de cronopios y de famas, 1962, https://universoabierto.org/2017/03/10/fin-del-mundo-del-fin-de-julio-cortazar/





No hay cosas sin interés. Sólo gente sin ganas de interesarse. ―G. K. Chesterton.