Che

Por Alberto Chanona
03 de octubre de 2020

Lo conocí en una combi a la vuelta del panteón. Ahí, bajo un techo de lámina, desde la carcasa de ingeniería alemana que era su púlpito, destapaba cervezas, servía tragos, maldecía, giraba órdenes a la cocina, fumaba.

Fumaba, dije. Era más bien que encendía cigarros a los que daba cuatro, cinco caladas, antes que se consumieran solos en el fragor de un discurso interminable.

Digamos entonces que fumaba y hablaba. Hablaba mucho. De futbol, de política, de las tropelías más recientes de su clientela: que si al aporreateclas de Fulanito ya le dieron (otra vez) hueso en el gobierno, que si Menganita la teatrera escondió medio cartón de envases vacíos en el baño, que si ya desgraciaron a periodicazos al poeta Zutano por culpa de un premio que no le dio a Perengano, ese-sí-cómo-no-El-Poeta. Y en todo sabía encontrar la historia, el giro de tuerca, la risa, la nota tremendísima, ¿otra ronda, jóvenes?

Hablaba, dije. No es cierto. Era algo más. Un cierto modo de inhalar el humo que precedía a la ola, al comentario sagaz, a la pregunta envenenada, a veces genuinamente curiosa, o a la materia de un recuerdo elegido, con cuidado, lejos del rango memorístico de su interlocutor:

―¿Te acuerdas cuando el góber Sabines salió meado a dar un discurso?

―¿Nomás meado, don Che? ¡¿Con todo lo que se mete el menso ése?!

―Noooo, verga. ¡El otro Sabines, el viejo! Ora verás ―el humo entraba de golpe en los pulmones, para concentrar la marejada de palabras―. Dicen pue que iba por el rumbo de La Encrucijada, con todo y su convoy, cuando se le atravesó un pinche brujo. ¡Un brujo, cabrón! O era un loco, ve tú a saber. El caso es que…

La marea subía y bajaba entonces, a partir de ese punto, pero ya no podía detenerse. Porque al Che le encantaban la palabra «brujo» y la palabra «convoy» en la misma oración. Le encantaban casi todas sus palabras. Y él, sin duda, le encantaba a ellas.

El narrador

«Cualquiera puede hacerse, por intrepidez, rico; por desgracia, criminal; por inclinación, carpintero o joyero. Pero hay que nacer pirata, poeta o ventrílocuo. Nacer con el don. Eso, sutil y misterioso de los nacimientos», escribió Borges.

Es así. Y el Che nació palabrero, trucha para contar historias con algo más que sólo vocación. Una tras otra. Hasta que el mundo se acabara o llegara la hora de pagar la cuenta.

Nomás que el mundo, paciente, mentiroso como es, no se acabó ni todas las cuentas fueron bien pagadas. Porque sus bolos tenían sed, no dinero. Don Che lo sabía y aguantaba vara. Pero la vida no. De modo que a veces la bolsa de un concurso literario le jalaba las patas a la necesidad y entonces se ponía a escribir todo eso que contaba con su voz curtida, cualquier sábado por la tarde. Si hasta el más menso y aburrido de sus clientes ganaba de repente algún concurso literario, ¿por qué no él?, supongo que pensaba. Habría tenido razón, como tuvo justicia al triunfar en ese propósito en un par de ocasiones.

Aun así, creo, la letra impresa nunca lo quiso demasiado. En ese medio de preciosismo a menudo idiota, incapaz de perdonar el anacoluto o alguna repetición distraída, la sutileza del Che era la de Moby Dick en una alberca. Porque la verdad es que la peluca de la sintaxis y los eructos de Hemingway rara vez le importaron un pito con tres hectáreas de soberanía. Y sin embargo, en el océano de su su don prodigioso, de su aliento inagotable, no habría que olvidarlo: don Che era Moby Dick.

Dicen que me pegó en la mandíbula, por el lado izquierdo. Yo sentí el golpe en la zona contraria. Veía al réferi contarme. Oía claramente a doña Pelos diciendo «ya lo mataron, ya lo mataron». Como pude, me puse en cuatro patas y vi a toda la gente con la boca abierta. Se me aflojó un brazo y me fui de hocico contra la lona. Agarré una cuerda y me levanté sólo Dios sabe cómo, negrito. En esa posición me fui reculando hasta las cuerdas contrarias y, si no es por el réferi que alcanzó a sujetarme, me salgo del ring. Cuando me tuvo abrazado le reclamé: «¡me metiste la pata, me metiste la pata, desgraciado!». «Qué pata ni qué pata. Tronco de madrazo que te metió el chavito», me dijo.

―Fragmento de «El Dandy Pérez», uno de los grandes éxitos del Che.

Vos sos un caso perdido

Se llamaba Ulises. Ése era su nombre: Ulises Mandujano Nájera. Pero pocos lo sabían de memoria, porque el nombre rotulado en la puerta de su establecimiento, «Che Garufa», pronto se fundió con el propio sin rencor ni desacuerdo. Así nomás, como cualquier cosa, como te dicen que el agua es agua y el diablo, el diablo, o bébete este menjurje para que te la cures, y uno lo cree, qué más, porque te lo dice Ulises, que venció a troyanos, que encabronó a un dios, que tensó el arco de otro y arrancó el ojo a un cíclope; que renunció a la inmortalidad por puritito amor y que volvió a Itaca después de perderse en el mar, perdido y bien perdido, como canta en silencio un tango en la entrada del infierno o la cantina. «¡Que te la bebas, chingar!».

Garufa se llamaba el local, pero todo mundo decía nomás «nos vemos en el Che», convertido así al mismo tiempo en persona y en lugar, sinónimos uno de otro el hombre y el espacio.

Explica el diccionario que garufa es palabra lunfarda que significa farra. Da igual, porque quién en su sano juicio le cree al diccionario. Y aunque ahí dentro se mencionara seguido a la salud o se practicaran y burlaran juicios, en general, los parroquianos compartían poca o ninguna fe en el diccionario (y en el juicio). Tal vez por eso, y porque cantina es una palabra de espíritu más bien chato que rebosa ingratitud, alguno ―¿Arcadio Acevedo, tal vez?― bautizó de otra manera el localito de don Che: «centro de protección contra la tristeza». Y lo era. Y era también un duelo entre la aguja horaria del reloj sobre la barra y la feligresía, concentrada en el repaso colectivo en voz alta a los periódicos locales, con chisme y con injuria, hasta llegar a las páginas deportivas (o a veces empezar por ahí) y encaramarse en el futbol o el box, para dar el salto a las habilidades karatecas que surgían a veces en los ripios de alguno, en la última función de vivos y de muertos, en esa colección de miserias y de glorias que es la vida humana sobre los cuarenta grados del suelo tuxtleco. Siempre la risa, el comentario hiriente pero gracioso, la vocación comunitaria de la plática en cualquier mesa. Y a veces, cómo no, la canción, el palomazo, el cuento de viva voz, la arena donde don Che arrasaba y dejaba grogui al más plantado, casi siempre.

Quién sabe. A lo mejor el diccionario no esté tan equivocado como uno cree y sí sea eso la farra. Después de todo, algún motivo debía tener el lema rotulado en la puerta: «Vos sos un caso perdido».

Al negocio le íbamos a poner Restaurante Don Che, nada más. Porque allá en Coatzacoalcos, donde vivíamos, a mi hijo le decían Chicuco, porque decían los cuates que habían ido a ver una película que a uno de los niños que salía ahí le decían Chicuco y se parecía a mi hijo. Entonces le empezaron a decir Che, Cheíto, y a mí me empezaron a decir Don Che. Por eso le íbamos a poner nomás Don Che. Pero donde fui a rentar el local donde estuvimos por primera vez se llamaba El Garufa. Entonces llegó el maestro que me iba a rentar, y cuando vio que iba a borrar el nombre, me dijo: déjale Garufa, es de buena suerte. Y le pregunté ¿qué cosa es eso? Es el nombre de un tango, dijo, y me cantó la canción ahí mismo. Parte de la letra dice: Garufa, vos sos un caso perdido… Ya nada más le agregamos el ‘don’. Y ha tenido suerte: veinte años no cualquiera aguanta.

―Entrevista radial a don Ulises Mandujano Nájera, «Don Che». Escucha la entrevista aquí: https://radioproletariachiapas.blogspot.com/2011_10_18_archive.html

Del ojo como unidad de medida

Una precisión respecto del dinero. La parroquia de don Che ―compuesta en buena parte por periodistas, artistas y entusiastas― no llegaba precisamente borracha de cognac. Eso es claro, creo. Pero aun así, casi toda trataba de mantenerse en el rango de posibilidades del bolsillo propio, digamos, cada cuatro o cinco tragos. No sólo por dignidad, sino porque en nuestra consciencia de gente oprimida habría sido una mancha deberle al hombre listo, capaz y generoso que tantos cuidados nos procuró siempre, a menudo forzando las existencias de la cocina, para mantenernos en pie casi con decoro en esa lucha incomprensible y grande que libraba para protegernos de la tristeza y, en ocasiones, de nosotros mismos.

Su sistema ayudaba también. Consistía en llegar a la mesa con la botella solicitada y un plumón indeleble, y dejar bien claro y a la vista del respetable, para que nadie alegara después ignorancia: «miren, el líquido está aquí (marcaba una línea). Si la beben hasta el final ―¡ora, ora!―, sería tanto (daba una cifra)». Eso significaba que de la marca de salida hasta el desquicio de la meta, la botella se dividía en fracciones, sin discusión posible, al juicio de su ojo implacable y oficioso. Era y nos parecía un método justo.

No obstante, de vez en cuando, ocurría que don Che se veía obligado a dar crédito, en cuyo caso, como medida preventiva contra la amnesia alcohólica, el atarantado perpetrador de la vergüenza debía firmar la cuenta para pagarla otro día, pronto, y agradecer que no fuese con su sangre ―como habríamos reclamado algunos―, nomás porque don Che fue casi siempre, más o menos, un hombre pacífico (ah, pero la cantidad de revoluciones y de guerras que no habrías querido ver nacer ―ni librar― en el margen diminuto entre un más y un menos). Aun así, a pesar de que la lista de pecados de sus parroquianos debió ser enciclopédica, tengo la impresión de que la ingratitud no constaría en ella.

De cualquier modo, ¿cuántos cantineros conoces con un método semejante? Ahí tuviste a uno.

Al verse humillado y comprender que todo era inútil, que nada ya podía hacer para seducir a Petrona, don Cenizo comenzó a beber licor, inusual en él. Bebió así durante cinco días de feria; fue entonces cuando se arrastró como culebra, brincó como sapo, ladró como perro, cacareó como gallina y lloró como hombre por tan imposible amor.

Dice mi tío Nacho que al quinto día, toda su arrogancia y donosura habían desaparecido por completo en aquel hombre; pocos fueron los bolos que lo vieron caminar, casi arrastrándose, con la cabeza gacha, rumbo al monte. Beto Jerónimo cuenta precisamente que vio salir del matorral algo así como un cohete, al estilo de los de Chiapa de Corzo, el cual se perdió en el infinito.

―Fragmento de «El hombre que llegó con la ceniza», de Ulises Mandujano Nájera.

Cohete en la noche

La voz del Che. La voz ronca, a medio camino grito y al final jolgorio de don Che. Que te hacía saber y sentir cada vez que se dirigía a ti. Porque no había modo de eludirla una vez que te nombraba y hacía una pausa para jalar el humo, elegir el tono, dar en el blanco.

La voz del Che, convertida en la de Boecio o Deor o José Alfredo, invocando a la fortuna o puteándola, para tranquilizarte. Que ardía, que inflamaba, que perdía. Que reunía a las bestias y les daba amparo.

Su voz torrencial que arrasaba y vencía en el invento de circos africanos, de boxeadores ridículos y de zopilotes que bailan con marimbas invisibles.

Su voz que salvaba del pasmo sabatino, que hacía soñar y reír a carcajadas, que vociferaba y que mentía nomás para arrancarte la vergüenza de ser nada algunos días.

Su voz inventándose a sí misma, deleitándose, llorando, mientras subía hecha fuego al cielo, igual que dicen que hacen ciertos hombres antes de estallar de amor en la noche infinita, como el último cohete de la fiesta, y uno sabe, antes que el destello desaparezca, que ha presenciado un milagro. Pero ya no está el que mejor se lo habría contado.


En memoria de Ulises Mandujano Nájera (1946-2011), «Che Garufas», conde de Tolán y marqués del Valle de Cintalapa. Foto: Juan Carlos Paredes.




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No hay cosas sin interés. Sólo gente sin ganas de interesarse. ―G. K. Chesterton.