De los fantasmas y la navidad

Cosas encontradas #1

Por Alberto Chanona
18 de diciembre de 2020

Quién sabe por qué, las historias sobrenaturales de terror o de fantasmas son tan escasas en la literatura escrita latinoamericana. En la tradición oral, mayormente asustaniños, en cambio, abunda en espectros que vagan enloquecidos por un crimen, seres infernales que enamoran borrachos o muestran los dientes y gruñen en la noche, o caminan con los pies al revés para acercarse a ti cuando crees que se alejan. Tenemos ahí, incluso, duendes traviesos que lo mismo tejen trenzas a los caballos que engañan a la gente para hacerla comer caca. Quiero decir, pues, que la tradición oral latinoamericana conoce bien lo sobrenatural. Más aún: viaja de una generación a otra, de abuela en abuela, casi como si cada niña esperase a peinar canas nomás para asustar a la escuinclada.

Entre escritores y escritoras de este lado del mundo, sin embargo, las historias sobrenaturales han arraigado más bien poco. Y es raro, porque más allá del interés que susciten, suelen ser relatos profundamente significativos; sobre todo, en países como los nuestros, donde las tragedias, crímenes y muertos se nos acumulan con perturbadora frivolidad en los noticieros a diario, como si cualquier cosa.

Una excepción es la literatura de Mariana Enríquez. La topé en 2020, apenas, cuando caí en el hype de su premiada novela Nuestra parte de noche. Suelo maldecir al mundo editorial cada vez que caigo en sus andanadas marketineras. No en esa ocasión.

La novela trata sobre la lucha de un padre –médium, violentísimo y, por donde se lo vea, mal padre y cabrón– por proteger a su hijo de una orden mística conformada por un montón de gente rica. La historia comienza en los años del llamado Proceso de Reorganización Nacional, en Argentina, y se mueve a partir de ahí hacia atrás y hacia adelante. Como es de suponer, con tantos desaparecidos, con tanta violencia y crímenes en la dictadura, no faltan en esta historia muertos y fantasmas. Pero el horror más temible, como siempre, no proviene de los muertos, sino de sus verdugos.

Es una imaginación extraña la de Enríquez, con habilidad para lo sórdido, que cautiva tanto como incomoda. Un ejemplo (de montones que tiene): la noticia que algunos personajes siguen por tv de una chica de trece años atrapada en el barro durante una inundación. Los ojos negros de sangre. La carne hinchada. Los periodistas preguntando a la agonizante durante días cómo era su vida, qué soñaba, qué quería, mientras todavía vive, apoyada sobre la cabeza de su tía, enterrada en el fango. La muerte lenta, irremediable, televisada.

La novela tiene más de seiscientas páginas y la notoria influencia (que su autora reconoce) de Donoso (y un poco de McCarthy también, dice, supongo, por La carretera). Mi impresión es que habría podido ahorrar algo de papel y de bits en su escritura, pero al final funciona. Y da en el blanco con el bellísimo párrafo que cierra el libro.

Recién despachada Nuestra parte de noche, leí enseguida Las cosas que perdimos en el fuego, libro de relatos, también de Enríquez. Similar experiencia. Tal vez, mejor.

Más que un apunte como el que ahora escribo, esos dos títulos de Enríquez merecerían la atención de un texto largo y cuidado. No será hoy ni yo quien lo firme, creo. Pero pienso que valdría la pena leerla junto con los referentes citados, en particular el Donoso de El obsceno pájaro de la noche, una novela cuya influencia sigue vigente en mucha de la mejor narrativa actual (Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor, por ejemplo, tiene también un aire de familia, ¿no?).

* * *

Hace algunas décadas, antes que por Poe, creo, llegué a los relatos sobrenaturales por una antología de Richard Dalby titulada Fantasmas de navidad (México, Editorial Diana, 1990, trad. Bertha Valverde).

En su prólogo, explica Dalby la tradición anglosajona de los relatos de fantasmas, asociados a la navidad, dice, durante cientos de años, pero sólo popularizados a partir de «El cuento de los duendes que se robaron un sacristán», de Dickens, cuyo protagonista es ya un prototipo del famoso Scrooge de «A Christmas Carol» (traducida en español, mayormente, como «Cuento de navidad»).

El libro reúne un montón de relatos de los maestros anglosajones del género: M. R. James, Algernon Blackwood, Stevenson, Le Fanu… Lo releí recientemente. La verdad es que, excepto por un par de cuentos, no lo encontré tan bueno como recordaba. No importa. Lo traigo al caso porque nunca pude, a partir de su hallazgo, desasociar la navidad de los relatos de fantasmas, ambas con un lugar en este corazón capaz de silbar Frosty the snowman mientras busca alguna película o serie de terror que ver alguna noche, junto a las luces de colores de un arbolito de plástico.

Tiene sentido esa tradición en el hemisferio norte, donde el solsticio invernal alarga las horas de oscuridad de la noche, y también las sombras, contra la luz oblicua del día. Por eso el invierno es, en esta mitad del mundo, la estación de las sombras largas y de reunirnos alrededor del fuego (de la cocina, sobre todo) a contar historias de fantasmas. Así empieza, de hecho, una de las más populares, La vuelta de tuerca, de Henry James: «La historia nos había mantenido alrededor del fuego casi sin respirar…».

Hoy, cuesta imaginar siquiera un lugar del mundo y de la historia en que periódicos y revistas se peleen a los autores y el orgullo de imprimir el mejor cuento navideño. Pero así fue alguna vez. Es una pena que quienes hoy dirigen revistas y periódicos no literarios ya no publiquen y nosotros no leamos ahí, casi nunca, cuentos en ninguna estación del año. Aunque no sean de fantasmas.


No lo abras antes de navidad. Una ilustración-cuento de Alonso Gordillo, escritor, ilustrador y editor como pocos o ninguno.

* * *

Lo he dicho antes y lo sostengo: Santa tiene habilidades fantasmales y, más bien, inquietantes, de ésas que nos alertarían a madres y padres si fueran parte del repertorio de trucos de cualquier otro adulto: atraviesa paredes, baja por chimeneas, es invisible y espía lo que hacen niños y niñas todo el año, a cada instante, durante el año. Pero, igual que pasa con celulares y tabletas, nadie se alarma de hacerle tanta promoción entre la infancia.

No cabe duda que vivimos en un mundo más extraño de lo que nos gusta suponer. En invierno o cuando sea.




Volver al índice principal





No hay cosas sin interés. Sólo gente sin ganas de interesarse. ―G. K. Chesterton.