Ruidos en la noche

Cosas encontradas #3

Por Alberto Chanona
29 de enero de 2021

Qué extraña belleza la de The Vast of Night (Andrew Patterson, 2019). Al verla uno tiene la sensación de tener sobre la mesa, desarmado, un reloj de niño. Todas esas piezas perfectas, ordenadas unas junto a otras, en un festín de colores, agujas, engranajes, manijas… Una pieza infantil de ingeniería. Con el vivo deseo de funcionar. De liberar tics y tacs al universo. Pero sin las instrucciones de ensamblaje.

Y aun así, qué bella es, casi todo el tiempo.

Fotograma de la película
Fotograma de la película

La historia va así. Una noche de mediados de los años cincuenta del pasado siglo, mientras buena parte de los habitantes de un pueblo asisten a un partido de básquet, Fay, la joven operadora de la central telefónica y entusiasta de la ciencia y tecnología, descubre un ruido en la línea. Una onda de radio, sin duda. Pero no logra identificar la fuente. Así que consulta a su amigo Everett, locutor de un programa nocturno con más aspiraciones que radioescuchas. Él tampoco tiene la menor idea del origen del ruido. Se le ocurre, sin embargo, pedir ayuda a sus oyentes, a ver si alguno les arroja alguna pista. Casi milagrosamente (porque la radio es, como se sabe, uno de los lugares favoritos de los milagros), llama entonces una persona a la cabina para repetir el antiquísimo ritual humano alrededor del fuego: contar una historia. Siniestra, además.

Pero atención. Porque The Vast of Night tiene la belleza de las cosas sencillas y perfectas, es tremendo lo que ahí ocurre: el poder de la voz humana a través de la radio, en una película que finge ser un programa de tv, para tejer un relato inquietante; para recrear un mundo donde los otros son casi todos: la gente no blanca, los que no van a ver el partido, los comunistas, los científicos, los alienígenas… Y se cuenta todo eso con los dos recursos más elementales del mundo: la voz y las palabras.

Aparte de eso, de los hermosos colores, planos y artefactos analógicos (cuya belleza, me parece, no es lo vintage, sino lo dueña que parecía la humanidad de su tecnología), lo que veremos será a Fay y Everett corriendo todo el tiempo de un lugar a otro, en busca de una explicación para un ruido que hallaron por casualidad.

Dos chicos corriendo. En busca de significado. En la vasta oscuridad de la noche.

* * *

Me enteré hace poco que es posible que en marzo desaparezca de la web archivosonoro.org, «una iniciativa que promueve la importancia de la escucha del entorno y forma parte de las acciones de personas e instituciones preocupadas en el rescate y conservación del paisaje sonoro», como declara.

Durante 15 años (desde 2006), archivosonoro ha rescatado paisajes, grabaciones de radio, reflexiones e historias sobre la escucha, sonidos que crean las personas para llamar a los animales o a otras personas, voces, murmullos, susurros, silencios. Y este año, al parecer, desaparecerá.

Uno de sus creadores me contó algo al respecto:

«Al principio de archivosonoro hasta nos invitaron a la fonoteca, a Orizaba, a un evento sobre sonidos; o a algunas universidades, en Chiapas, en Puebla, en Colombia. Pero luego, ya no fue relevante.

»Cumplió su función. La aventura nos permitió a sus creadores aprender de física del sonido, del arte del sonido, de la importancia de los archivos (sonidos o no), conocimos otras ciudades y personas, dimos talleres. Se acercaron artistas que hicieron cosas con algunos archivos (para eso eran). Hubiera sido bonito continuar en la captura de paisajes sonoros. Pero eso requiere tiempo, compromiso».

Internet es un territorio vasto que semeja cada vez más un desierto, con algunos oasis, aquí y allá, y sobrepoblados centros comerciales y casinos. Montones de documentos textuales, visuales, sonoros, al alcance de un URL y unos cuantos teclazos, pero tan habitados como pueblos fantasmas.

En los desiertos, pese a todo, hay lugar para la curiosidad y la belleza. Y también, de sobra, para la tristeza.

Si tienes algo de tiempo, extravíate un rato por su web. Escucha, por ejemplo, un acetijo de juguetería. O a ver qué encuentras. Mientras dura.


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No hay cosas sin interés. Sólo gente sin ganas de interesarse. ―G. K. Chesterton.