Educación

Por Alberto Chanona
26 de mayo de 2021

Mi abuelo escuchaba radio todo el día y veía tele cada noche. Lo hacía con devoción. Era abrir los ojos y encender el receptor. Reparase el carro, armara algún mueble en su tallercito de carpintería, pusiera la instalación eléctrica de la casa que construyó con sus hijos al fondo del patio para que lo visitaran sus nietos, o cualquier cosa que le tocara hacer ese día, escuchaba radio. Cantaba. Oía novelas. Veía y escuchaba programas extraños, mitad ciencia, mitad platillos voladores; lo maravillaban los relojes y las plataformas petroleras donde trabajaba un hermano suyo. Tal vez por eso fue que ya grande y con hijos, quiso estudiar telecomunicaciones y pasar la mitad de cada mes en la punta del Huitepec, rodeado de antenas y televisores, tomando café en la niebla, rodeado de pantallas de tv y escuchando toda la radio que se le antojara, día y noche.

Mientras mi abuelo estudiaba, alguien debía ganar dinero en casa para mantener a la numerosa familia: mi abuela. Ella no fue a la escuela. No aprendió a leer ni a escribir nunca. Pero se las ingenió siempre: hacía enormes cantidades de pan en su horno del patio y también cantidades ingentes de tamales. Vendedoras y vendedores de esos productos llegaban todo el día a su casa. Le compraban a ella los panes y tamales que ellos vendían a su vez en las calles. Mi abuela tenía además dotes de curandera. Así que completaba los ingresos con alguna sobada de panza a los niños que le llevaban, o el purgante que preparaba, las hierbas que conocía y que mezclaba de distintas formas. Poco a poco, empezó a combinar también eso con la venta de algunas medicinas alópatas y la aplicación de inyecciones. Hasta que un día reunió lo suficiente para poner una farmacia en forma, en la mera entrada de su casa. La ley exigía en aquel tiempo que los licenciatarios de farmacias y boticas aprobaran un examen. Mi abuela, como dije, no sabía leer. Pero de algún modo sabía todo lo que había que saber de los medicamentos de patente y de otros. Así que fingió haber olvidado los anteojos, para convencer a un burócrata de que le leyera el examen y le permitiera responder de forma oral. Era lista la abuela. E histriónica. Así que funcionó y salió de ahí con su licencia de farmaceuta. Que yo sepa, nunca mató a nadie. Antes bien, lo contrario.

Del otro lado de la familia, un tío abuelo tomó un curso de inglés por correspondencia que vio anunciado en una revista. Y cuando masticó el inglés, se inscribió en otro curso de una academia gringa, para convertirse en mecánico de aviación. Y cuando supo algo de motores y de aviones, buscó trabajo en el campo de aviación tuxtleco. Maravillado con las historias de aviadores que escuchaba ahí, se hizo amigo de algunos y yo creo, no lo sé, que les pedía chance de volar con ellos. El caso es que le enseñaron. Y así, de poco en poco, quién sabe cómo, logró juntar mil horas de vuelo o no sé cuántas y un día se fue al Distrito Federal (hoy CDMX) e hizo un examen. Ignoro los detalles. Sé que en casa de mis abuelos hay un título, con su foto, que dice Capitán Piloto Aviador. Sé que que tuvo aeronaves a su cargo. La última, un exbombardero de la guerra, que en la paz vino a dar a Chiapas a transportar mercancías, animales, gente y lo que entrara. Él murió en esa nave mercante de vocación militar, pero no por falta de pericia (todos sus pasajeros fueron rescatados perfectamente a salvo), sino por una maniobra que ya era de por sí difícil para una avioneta pequeña (y la de él era una ballena blanca voladora), y por un defecto de diseño de esa clase de aviones que acabó dentro de su cuerpo.

Antes de eso, ninguna de esas personas que mencioné terminó lo que hoy se considera la educación básica (y una ni siquiera la empezó). Vivieron. Y como es imposible vivir sin interesarse en algo, sin sentir curiosidad por algo, fueron y exploraron sus intereses entre lo que tuvieron a su alcance. Alguno de esos intereses terminó por llevarlos un poco más lejos que los otros, pero todos fueron parte de sus vidas: las hierbas medicinales, los purgantes, los aceites, el conocimiento del cuerpo, la cocina, la carpintería, la radio, la electricidad, los circuitos electrónicos, las revistas, la mecánica, las historias de aviación en la guerra. Y desde luego, el amor, los hijos, la familia, los trabajos para sostenerla y para con cumplir con la tradición, vigente hasta hoy, de llevarla a ver el mar una vez al año. La vida, pues.

No estoy seguro de que ni entonces ni ahora, si hubieran tenido las escuelas que yo tuve o tendrán mis hijos, sus vidas habrían sido más ricas. Sé, eso sí, que se ha reducido el universo de lo que tienen niñas y niños a su alcance hoy para explorar sus intereses. Esa reducción de lo explorable es proporcional a otras reducciones fácilmente notables. Entre muchas otras: la de los salarios y garantías laborales de sus padres y madres; del acceso a medios y herramientas tales como libros, revistas o contenidos de radio y tv que estimulen su imaginación; del espacio disponible en casa y en las ciudades mexicanas, que suelen pensar poco en las necesidades infantiles de seguridad, exploración y esparcimiento.

Osciladores caseros
Osciladores caseros construidos y obsequiados por mi amigo Emilio para que aprendamos clave Morse. Parte de su propósito es jugar a los mensajes «secretos» y explorar qué será eso de las ondas electromagnéticas.

En todo caso, me pregunto si la escuela será la herramienta que impulsará a mis hijos a tener una buena vida, como creyeron mis padres que la tendría yo, antes de que descubrieran que ni de chiste, pese a que me dieron la mejor educación que pudieron y que fue más que la de ellos, podré siquiera jubilarme alguna vez. Excepto por las amistades que me dio, la escuela siempre me significó más bien poco. Los libros, en cambio…

No sé. Pero me cuesta creer que lo que veo de la escuela es lo que necesitarán mis niños para el mundo que les espera, que voy a dejarles, a punta de un clic aquí y otro allá. Clic, clic, clic…


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No hay cosas sin interés. Sólo gente sin ganas de interesarse. ―G. K. Chesterton.