El corazón me lo rompió una combi

Por Alberto Chanona
20 de septiembre de 2020

El texto a continuación fue publicado originalmente en mayo de 2018, en otro espacio, de donde lo recupero hoy aquí. Ninguna combi (por desgracia) resultó lastimada antes, después o durante la escritura de este episodio.

Una combi me arrolló. Estaba parado en la banqueta, hace unos días, distraído ―reconozco― en responder un mensaje por teléfono, cuando al intentar un giro de reversa, ¡pum!, la combi arrojó mi humanidad contra un portón, ante el asombro general de la cola en la tortillería. Todavía en el aire, creo haber alcanzado a oír a una señora invocando al Señor y conteniendo un pujido que secretamente quiso decir «ya lo cargó el payaso a este muchacho guapo». Pero no. El muchacho guapo se incorporó casi de un salto a devolver el daño de un manazo y un montón de verbos conjugados en lengua etrusca.

Quién sabe si fueron mis ojos, amarillos de bilis, mi absoluto dominio de las lenguas muertas, o su temor de haberme dejado con algún daño mental, el caso es que el enviado de Satanás (a. k. a. el chofer) declinó defenderse y huyó. Mientras se alejaba, alcanzó a mostrarme el codo en obvio gesto de contrición y disculpa, que recibió reiteradas respuestas negativas de mi parte, a grito pelón, para que me oyera bien.

El episodio tuvo al menos tres consecuencias: la satisfacción de haber abollado al ruedípedo infernal, la vergüenza de que mis vecinos en la tortillería hubiesen al fin conocido al señor Hyde y un dolor de pelvis a cuya lealtad de Cerbero, en los días siguientes, ya casi le tomé cariño. Hay una última consecuencia de carácter algo más complicado de explicar: la sensación de tristeza que llegó después del golpe.

Cualquiera que sea el resultado, los accidentes suelen ser momentos que revelan la fragilidad de la existencia. Cada paso andado. Cada palabra y silencio. Cada reparación del coche que no realizamos. Cada deuda contraída. Todo lo que hicimos, mal y bien, para aterrizar los zapatos en el lugar y momento justos ―quiero decir, ese pedazo de banqueta donde uno es arrollado por el coletazo de una bestia que nomás pasaba distraída―, todo eso que es revelado en un instante durante el accidente, en fragmentos pero en orden, como los vagones de un tren del que sabemos casi nada.

En mi caso, el golpe de esa combi reveló la desolada vulnerabilidad de mi economía, pero también el tamaño de la imposibilidad de mejorar algo tan sencillo como el transporte público, un tema idiota, entre tantos otros, del que algún día tendremos que hablar en el lugar donde vivo.

* * *

San Cristóbal de Las Casas es una de esas ciudades cuyas vías fueron planeadas y construidas al modo colonial de los imperios. Esto significa que su trazado lleva casi a fuerza hacia el centro. Más de medio milenio después de fundada, la ciudad ha cambiado sus formas, pero no su naturaleza, y su transporte colectivo fue organizado de la misma manera colonial. De tal modo que es casi imposible transitar, en combi, de un punto cualquiera a otro, sin pasar por el centro. Debido a eso, pequeños trayectos demandan mayor tiempo del que sería necesario si algún urbanista o director de tránsito municipal descubriera, por azar, la línea recta.

Por desgracia, los inconvenientes del transporte público al que 200 mil habitantes de mi ciudad estamos condenados no terminan ahí. Pero que la decoración de las combis sea la envidia de cualquier tugurio; que al subir uno no sepa si pagar el pasaje o entregar la cartera; que la cantidad de dilemas euclidianos se multipliquen en cada parada para calcular si en un asiento caben siete o doce personas (¡esa viejita, por favor, sea consciente y recórrase tantito!); o que nadie sepa a ciencia cierta si el objetivo de los tubos sobre nuestras cabezas es darnos seguridad o una muerte rápida en caso de accidente, no son tampoco los mayores problemas, sino apenas la demencial punta del iceberg. La verdadera amenaza es, como siempre, lo que yace bajo la superficie: el absoluto desinterés en el tema que demostramos ciudadanía y gobierno por igual (aunque no con igual grado de responsabilidad).

Esa indiferencia no pasa desapercibida para los grupos que operan fuera de la legalidad en mi ciudad, fomentados ―dicen― o, al menos, tolerados por cada sucesiva administración municipal. Así es como tal vez la mitad del transporte aparentemente público es, en realidad, informal («pirata» le llaman).

La necesidad es tan canija, sin embargo, que el corazón se nos llena de peatonal alegría cada vez que se inaugura una nueva ruta informal de transporte. Se nos olvida que ese transporte no es público. Eso significa que opera según sus propias reglas, que son casi siempre dictadas por el buen o mal ánimo diario de propietarios y conductores, la mayoría de estos últimos menores de edad, sin educación vial y aspirantes a dobles de riesgo en Rápido Injurioso parte XVII o algún otro producto cultural así del cine hollywoodense.

Por eso al subir a esos féretros de Luzbel que los locales llamamos combis, es necesario preguntar al oráculo, digo, al chofer, por la ruta, siempre variable. Porque dependiendo de la hora, del clima, del pasaje o de las condiciones geopolíticas del planeta, el buen hombre (no hay mujeres aquí al volante de las combis, creo) puede elegir entre pasar por tal o cual calle o colonia, o no; puede llegar hasta el final de la ruta, si los astros se alinean de manera propicia, o darse vuelta de un tirón ahí nomás donde le entró la desdichada gana, y de paso darle un llegue a cualquier menso, hablante de etrusco, parado en la banqueta, ante el estupor de una señora que ahoga un pujido para no gritar «ya lo cargó el payaso a este muchacho guapo».

Rediseño de una parada de transporte colectivo
Rediseño de una parada de transporte colectivo.

* * *

Hace varias semanas, el coche se descompuso del todo. Y a pesar de que desde hace meses trabajamos hasta en fines de semana, la tensa economía familiar no ha alcanzado para repararlo. Al principio, pensamos en mudarnos a un lugar más cerca del trabajo y de la escuela de los niños, pues el tiempo que demoraríamos en transportarnos y/o el gasto en taxis que el coche descompuesto supondría, nos complicaría la existencia más allá de lo habitual (que es ya de por sí nadar en la exageración).

Pero ocurrió un milagro de la única clase que puede esperarse en este humilde rincón de Mordor: apareció una nueva ruta de transporte que va, derechito, de nuestra a casa al trabajo y de vuelta, con períodos de espera menores a cinco minutos. Un sueño, pues.

Para quien no ha pasado por los apuros que padecemos los usuarios del transporte colectivo en esta ciudad, debe ser difícil imaginar la euforia con que mi familia se entregó a la novedad. Quiero decir que, bajo las circunstancias descritas, la nueva ruta fue un hit. Amplió de inmediato nuestras opciones y redujo el tiempo de vida sacrificado al tránsito. Incluso, nos hizo considerar la venta del automóvil, pues nuestro gasto en transporte disminuyó considerablemente. Al final, ¿quién necesita un coche teniendo casi a pie de calle un transporte público puntual y económico?

Todo marchó bien durante algún tiempo. El polvo acumulado sobre el coche descompuesto parecía ser la única fuente de sobresalto ocasional, cada vez que por accidente poníamos los ojos sobre él antes de volverlos al cielo, con gratitud por otro día soleado, templadito, sin nubes en el horizonte.

Pero el destino de los amores y los sueños fáciles, ya se sabe, suele bien pronto ser la resaca.

A la nueva ruta le fue tan bien que enseguida surgió otra, igualita, pero de otro dueño. Comenzaron así los viajes a vuelta de rueda, mediante los que un traslado de 15 minutos se convirtió en uno de 50 minutos. O si no, dependiendo de la hora, los arrancones, las carreritas y los frenados de emergencia cada diez segundos. Vino también el susto y el mareo constante, la escucha espía de las conversaciones de los choferes por la radio de banda civil (donde, obligados como están a entregar, a toda costa, la cuenta a sus explotadores patrones, fraguan toda clase de emboscadas en contra de sus pares), el pensamiento recurrente de que necesitamos arreglar el carro sí o sí o resignarnos a una mala muerte; la maledicencia contra las autoridades que ¿emiten licencias? y permiten esto; las quejas silenciosas mezcladas con el rezo resbalando por el tubo, impregnado de sudor, bichos y las oraciones de otra gente afortunada que bajó hace dos paradas; la maldición contra la geografía natal, el renacimiento del etrusco, el corazón roto, la tristeza por la imposibilidad de una pequeña mejora en nuestras vidas: una pinche combi con un gramo de decencia.

¿No es triste vivir en un lugar que despierta esperanzas tan pequeñas?


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No hay cosas sin interés. Sólo gente sin ganas de interesarse. ―G. K. Chesterton.