La libertad enjaulada

Por Alberto Chanona
21 de enero de 2020

¿Recuerdas ese discurso del subcomandante Marcos donde decía que hay varias maneras de ver una lata de refresco? «Es el discurso de un adicto», observó una amiga en una conversación. Tenía razón. Pero también el Sub, creo. Porque la contradicción es el océano en que navegamos, a veces lo que nos daña también nos renueva o, al menos, nos entrega algo a cambio. Es parte del trato que hacemos con todo aquello a lo que somos adictos. Podemos aceptarlo o no. Sólo que si lo hacemos, no deberíamos engañarnos acerca de lo que dice la letra pequeña en nuestros tratos con el Diablo.

Comunicadores y medios de comunicación de todo el espectro de afinidades ideológicas suelen, como el Sub, defender otro producto enlatado en la popularidad global y al que también somos probadamente adictos: las redes sociales. Su principal argumento es que las redes sociales emparejaron la posesión del discurso, hasta hace no demasiado tiempo patrimonio de gobiernos, poderosos medios y cualquiera que tuviese suficiente dinero para comprar inserciones, desplegados y aun opiniones y consciencias. Y es cierto. La popularidad de las redes sociales aumentó la visibilidad de otras narrativas y el alcance de la conversación pública, para cualquiera que quisiera participar de ella. A través de esa vía, colectivos, organizaciones y nuevas opciones informativas, incluso modestas, pudieron así amplificar su voz y llegar a muchas más personas.

«Hace cinco años esto era algo imposible, hace tres años, esto era algo impensable… y para mí, que soy un periodista independiente, que no tengo un medio atrás, no me interesan los grandes medios, para mí las cincuenta mil, setenta mil, cien mil, doscientas mil, quinientas mil personas que han llegado a ver estos programas, pues son un triunfo absoluto, pero no mío, de ustedes que construyen una nueva opción», dijo hace poco el periodista Luis Guillermo Hernández, refiriéndose al alcance de su programa Radar, —transmitido a través de Rompeviento, Youtube y Facebook—. Su experiencia bien podría aplicarse a otros tantos programas y medios de comunicación semejantes, que deben su impacto a su trabajo, desde luego, pero también, en parte, a las redes sociales.

El periodista considera que la aparición de las redes sociales fue «el apocalipsis de los medios». La frase así dicha sólo aludía a los grandes medios anteriores a las redes sociales. Pero excepto por la diferencia de época, quizá no haya ninguna razón para excluir a los otros de ese «apocalipsis». Porque si bien esas plataformas amplificaron el alcance de medios emergentes entre nuevos públicos, también los ataron, de modo semejante al que antes lo hizo el costo de la imprenta o de las antenas de radio y tv.

Las redes sociales se convirtieron, paradójicamente, en los medios de los medios. La difusión de la oferta de contenido a través de ellas sigue, como antes, dependiendo de condiciones impuestas por terceros, nuevos intermediarios en la relación entre los medios y el público. El problema es que esa intermediación ocurre en un espacio que, a pesar de su supuesta gratuidad y representación social, está lejos de ser público: los servidores de empresas privadas cuyo modelo de negocio son los datos que los usuarios intercambian, con o sin plena consciencia.

Quiero subrayar el carácter privado de las redes sociales, porque su finalidad no es servir a la democracia, sino al lucro. Exactamente, como los medios de comunicación a los que arrebató el trono, con una diferencia notable: sus condiciones obligan a todos los medios, de cualquier talante, a traficar, hasta involuntariamente, con los datos privados de su público, algo que ningún estanquillo, periódico, revista, antena emisora o aparato receptor fue capaz de hacer antes en la historia humana.

El futuro, cualquiera que sea, lo estamos construyendo ahora mismo, en buena parte, a punta de clicazos. Pero no lo modelamos nosotros, ni la pluralidad y relevancia de los medios de comunicación, y ni siquiera la multitudinaria conversación supuestamente «pública» en redes sociales. La forma del futuro está siendo escrita, por otros, en las inexistentes, malas o abusivas regulaciones de los gobiernos, tanto como en los algoritmos y las condiciones de uso que nos limitamos a aceptar y usar con apenas un clic o dos.

Todo lo que internet prometió al popularizarse –que no era poco y que nos hizo soñar con las nuevas posibilidades de ese mundo– lo privatizaron las redes sociales a cambio de colectividad (y de públicos masivos). Y todos, medios de comunicación y personas, nos metimos encantados en ese corralito.

Nadie en su sano juicio aceptaría al centro comercial como el lugar donde debe ocurrir la conversación pública alrededor de los asuntos relevantes. Pero eso es, poco más o menos, lo que hacemos.

Ética: entre la espada y la pared

―¿Hay alguna razón por la que debería abandonar mis redes sociales? —pregunta un entrevistador a Jaron Lanier…

―Hay dos —responde—. Una es: por tu propio bien. Y la otra: por el bien de la sociedad.

Si la pregunta hubiera sido «¿hay alguna razón para mantenerme informado?», la respuesta habría podido ser la misma.

Suele decirse, con más o menos palabras, que una sociedad informada es difícil de manipular y que un mejor periodismo crea mejores sociedades. Por eso mismo, periodistas y medios de comunicación debieran sentirse interpelados (así sea por curiosidad) ante la citada respuesta de Lanier; al menos, aquellos cuyo propósito es el ejercicio de una vocación y no, apenas, el de un negocio. Es decir, quienes convienen en que los medios elegidos importan tanto como los fines debieran preguntarse por el mundo que, con voluntad o sin ella, contribuyen a crear a través de las redes sociales.

Pero no es sencillo. Las redes sociales plantean hoy mismo uno de los mayores desafíos éticos del periodismo en internet. Todos los periodistas tienen la idea de que no estar en redes sociales equivale a dejar de ser vistos y perder relevancia; la sensación de que su comunidad olvidará o ignorará enseguida su trabajo casi tan pronto como se den la vuelta. Y dada la dependencia actual de los medios y del público a esas plataformas, es probable que esos temores sean ciertos. Sin embargo, permanecer ahí no hará sino fortalecer esa dependencia. E implica, además, para el periodismo, hacerse de la vista gorda, con tal de no responsabilizarse por los datos propios y de su público que entrega a diario a terceros cuyos fines no conoce y que no son siquiera claros, a cambio de clics y corazoncitos.

¿Qué pasaría si de pronto un periodista descubriera la actividad tramposa de una empresa para robar los datos privados de las personas y traficar con ellos, por acción y omisión, con consecuencias para la sociedad? ¿Y si para hacerlo, además, esa empresa tramposa hubiera tenido entre sus cómplices a gobiernos, empresas, organizaciones y medios de comunicación? ¿No sería eso un escándalo?

Eso ya ha pasado con las redes sociales (y hasta con instituciones, en México, y más de una vez). Nos lo han advertido de distintas maneras expertos, desarrolladores, personas involucradas en la industria tecnológica. Pero casi nadie ha movido un pie, un dedo siquiera, para cambiar de rumbo. Y los medios de comunicación, menos que nadie. Sí, se sienten un poquito incómodos, un rato, pero mira ahora este gatito o la corrupción o lo que quieras, no nos fijemos en minucias. No vaya a ser que por buscarle cinco pies al gato, perdamos la democratización ganada.

«No creas que lo que pasó con Cambridge Analytica es lo peor que podría suceder —dice Jaron Lanier—. El sistema completo está diseñado para que este tipo de cosas sucedan».

Y sin embargo, a pesar de las evidencias (en artículos, más artículos y hasta documentales) que contra las redes sociales se siguen acumulando —y sin duda sobrepasados por las amenazas urgentes que también se acumulan sobre su oficio cada día—, periodistas y medios de comunicación siguen sin tomar una posición activa para cortar o, al menos, disminuir su dependencia hacia ellas. Antes bien lo contrario: transmiten y publican su información directamente sobre esas plataformas, fortaleciendo así el círculo vicioso en el que están atrapados los usuarios y los medios.

Por otro lado, nadie ignora que si ahora mismo los medios de comunicación éticos dieran la espalda a las redes sociales, el espacio vacío sería cubierto de inmediato, precisamente, por quienes las emplean para desinformar y manipular la opinión pública, bajo el disfraz, o sin él, de hacer periodismo.

¿Qué pueden hacer entonces los periodistas éticos en un ecosistema adicto a las redes sociales, si cualquiera de las dos decisiones (permanecer o salir) implica una pérdida, para su oficio y para la sociedad?

El silencio al respecto abruma, pero no tanto como la fe en la supuesta democratización ganada. Lo cierto es que no hay una respuesta ni es, desde luego, problema de un solo sentido. Pero no encontraremos soluciones, vías posibles, con los ojos puestos sólo en la ondulante bandera de la democratización, mientras nos hacemos de la vista gorda con lo que ocurre sobre el piso; sin hacernos cargo, pues, de aquello con lo que contribuimos al popular (e inaceptable) modelo de negocio de Silicon Valley.

Imagen del documental El dilema de las redes sociales
Imagen del documental El dilema de las redes sociales (está en Netflix).

Alfabetización digital

Una solución parcial al problema la anota el propio Lanier:

«Hemos creado esta sociedad extraña, sin precedentes, donde la vía entre dos personas que desean comunicarse a través de internet es financiada por terceros que creen que, con astucia, esas dos personas pueden ser manipuladas. No es una forma saludable de estructurar una civilización.

»Pero podemos mantener todas las cosas buenas, y sí hay cosas buenas en las redes sociales, por supuesto. Podemos salvar todo eso y, simplemente, deshacernos del modelo de negocio actual de manipulación, para sustituirlo por un modelo de negocio diferente. Hay muchas alternativas mejores. Sólo tendrían que ser honestas».

Sustituir el modelo de negocio de las redes sociales es, hasta de lejos, algo menos sencillo de lo que Lanier supone. De hecho, no parece que vaya a ocurrir. ¿O creemos que empresas de naturaleza marcadamente monopólica, que diseñan exprofeso para fomentar con plena voluntad el comportamiento adicto, se resistirían a usar el poder de su tecnología por un problema ético? Como dice un conocido meme: No lo sé, Rick…

No obstante, los periodistas y medios de comunicación podrían, al menos, ensayar estrategias que, paulatinamente, permitan la viabilidad de su trabajo y de la discusión pública fuera de las redes sociales. Porque al final, las redes no sustituyeron a otras tecnologías y plataformas digitales por ser mejores (el RSS, los clientes de correo, o hasta los blogs, por ejemplo). Sencillamente, explotaron el surgimiento constante de nuevas voces que ya había traído la internet, y las metieron en espacios cerrados y monopólicos, pero diseñados para dar la sensación de cercanía emocional, de conocer al otro, a millones de otros que de pronto tuvieron acceso a internet, mayormente, a través de las aplicaciones de sus teléfonos. Nadie se preocupó, entonces ni después, por adquirir otras herramientas y habilidades para aprovechar la riqueza de los distintos protocolos de internet y explorar, tal vez entonces, nuevas vías de colectivizar la conversación. Quizá porque los hábitos que nos dañan suelen arraigar muy pronto. O porque ya era tarde cuando el entusiasmo por las redes sociales disminuyó lo suficiente para aportar algo de perspectiva y de balance. Pero pontificar hoy las virtudes de Google, Youtube, Twitter, Facebook, Whatsapp, Instagram, etcétera, y tomar ese rumbo como brújula, es casi amar los grilletes propios y contribuir a la construcción de un mundo de tantos como los que el mejor espíritu del periodismo intenta evitar; uno donde la extracción sistemática de datos es visto con normalidad y cuyas consecuencias contribuyen a crear un presente y futuro peligrosos, adictos y menos diversos de lo que nos gusta suponer.

Las redes sociales que empleamos mayormente no son la única manera de ampliar la conversación pública alrededor de todo lo que nos importa y tenemos en común. Y está claro que no son la mejor.

Logotipo de la red social Mastodon
La red social federada Mastodon funciona de forma similar a Twitter, pero sin retuits ni likes. La falta de esa clase de recompensas sociales suele desalentar a los nuevos usuarios, quienes terminan por volver a las redes sociales de siempre, donde sienten que les hacen más caso.

La alfabetización digital sigue siendo necesaria y urgente. Pero limitarla al reconocimiento de lo falso, a la verificación de datos y a la cultura del debate público es quedarnos todavía demasiado cortos. ¿O es que alguien ignora aún el peligro de permitir que la forma del mundo sea modelada por quienes trafican datos con fines de lucro y administran la opacidad, el monopolio y el comportamiento adictivo?

En particular, no vendría mal que periodistas y medios de comunicación se replantearan las herramientas digitales que emplean. Porque en cualquier ámbito los medios que elegimos importan –se supone– tanto como el fin.

Posdata

Años después de aquel discurso de la lata de refresco, el Sub cambió de nombre a Galeano. Ignoro si, a la luz de la discusión pública sobre las cosas enlatadas,1 alguien le ha preguntado a Galeano, recientemente, si su posición al respecto ha cambiado en algo.

La nuestra, por lo pronto, ¿ha cambiado algo?


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  1. Me refiero al debate surgido en México por dos vías: el uso del agua para producir refrescos y el nuevo etiquetado informativo al que fue obligada la (todavía opaca) industria de los alimentos.





No hay cosas sin interés. Sólo gente sin ganas de interesarse. ―G. K. Chesterton.