Me pregunto si se acordará de mí

Por Alberto Chanona
2017

Lloro con facilidad. No como oficioso lagrimita, pero lo hago. Lloro. Lloro mucho. Si hablo del honor de alguien no infamable. Si del trabajo excepcional que realiza. Si de su hermoso trazo con el lápiz. Si del portento de su prosa. Si de su lógica impoluta. Si del esfuerzo de sus medios. Si de su arreglo perfectamente calculado. No importa de qué hable. Si es loable, si parece hermoso, si me alegra, lloro.

Es cierto. Y no sé por qué lo hago. Lo juro: no sé, no entiendo. Es como si algo parecido a una idea del bien –que en realidad no sé concebir– se apoderase de mí, irresistiblemente, hasta las lágrimas. Y como si el llanto fuese una prueba de honradez absoluta para defender en verdad no sé qué cosa.

Es absurdo, porque lloro hasta sin querer. Y por eso ya nadie, ni mi compañera, cree en mí cuando me pilla conmovido. Es terrible, en serio, ser un cocodrilo idiota.

Pero lo peor ocurrió cuando Gaba quiso ver una película. Todo hacía parecer que sería un domingo como cualquier otro. Palomitas en la cama, cobertores, abracitos, todo eso. Lo de siempre. Y entonces vino el play.

Cartel de La vida acuática con Steve Zissou, de Wes Anderson, 2004
Cartel de La vida acuática con Steve Zissou, de Wes Anderson, 2004.

El investigador oceánico Steve Zissou, medio viejo, medio loco, tuvo una vez un amigo a quien vio morir durante un trabajo de campo, devorado por alguna especie rarísima de tiburón. Así que el distraído Ahab decidió perseguir a la bestia hasta el fin del mundo, un poco por venganza, un poco por científico y, otro tanto, por idiota.

En el camino, mientras eso pasa, uno se entera que tuvo una pareja y luego otra; pero la primera, al parecer, le ocultó un hijo (de quien ha oído hablar) que ahora será tripulante de su expedición submarina. El amor, sin embargo es un laberinto de espejos y, tal vez, quién sabe, el verdadero padre fuera el amigo muerto.

Entonces, un día, el tiburón mítico reaparece. Al encontrarse de frente con la bestia ―que se llevó al amigo a la barriga, y con él al amor y el derecho a revelar el secreto―, Steve dice en voz alta aquello que nos interroga, pero que no sabemos definir con claridad hasta ese momento. Steve dice: «me pregunto si se acordará de mí».

El mundo se detiene para siempre. Uno siente que algo profundo, inmenso y, aun así, vacío, lo golpea de pronto como una tonelada de fotos o barriles de ron. Y no se entiende bien si lo que dijo se refiere al tiburón o al amigo devorado.

En mi caso, da igual. Porque desde entonces he soñado algunas noches con bestias submarinas, bichos que me aterrorizan tanto como me entristecen y una pregunta ―no tan breve ni inocente―, que por mi cuenta no habría sabido formular, pero que me interroga desde el centro mismo de lo que voy abandonando mientras vivo.

Despierto algunas mañanas con los párpados pegados. Pienso de vez en cuando en el imbécil Nervo: «Oh, Kempis, Kempis, asceta yermo, pálido asceta, qué mal me hiciste…». Abro los ojos y miro a Gaba. Me besa. Veo a mis hijos y me besan, me abrazan, se acurrucan en mi hombro un ratito. Bajo las escaleras, encuentro a mi perro y, a su modo, creo, también me besa. Pero ciertas mañanas no puedo dejar de pensar al verlos si se acordarán alguna vez de mí.



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No hay cosas sin interés. Sólo gente sin ganas de interesarse. ―G. K. Chesterton.