Soltar la espada

Por Alberto Chanona
25 de noviembre de 2019

Leo un anuncio acerca de algún encuentro de especialistas para discutir de la lengua y sus cambios de uso. Curioseo también en los comentarios de gente más o menos exaltada, unos por los atentados contra el género gramatical y otres a favor de lo contrario. Si de mí dependiera, pienso, sacrificaría todas las palabras. Todas y cada una ―toda la literatura, los insultos y los nombres―, si con eso el mundo fuera un lugar menos injusto.

Sé que intuyo en mi afirmación anterior algo mentiroso o exagerado cuando más tarde, mientras lavo los trastes del almuerzo, me entretengo enmarañando el asunto y recuerdo Héroe (Zhang Yimou, 2002). He visto la película varias veces, porque me gusta, pero también porque me intrigan las motivaciones de uno de sus personajes.

El momento cumbre va así: ya con el filo de su espada sobre el cuello del rey Qin ―que masacró pueblos en pos de una idea de nación―, en una brusca revelación, Espada Rota comprende a su enemigo y lo perdona. Considera a su pesar el frustrado asesino, aún con la rabia zumbando en el acero, que el tirano debe vivir para ejecutar su plan, tan terrible como, supone, necesario.

La razón de que el tal propósito resulte necesario es el fantasma recurrente de la guerra entre los reinos, a causa de una serie inacabable de disputas políticas y venganzas entre ellos. Bajo esas circunstancias, surge la solución en forma de Estado unificador: si Quin gobierna y los pueblos lo aceptan (a la buena o a la mala), no pelearán más entre ellos, pues todos deberán obedecer al rey único. Es decir, habrá paz. El problema es que esa unidad sólo puede ser forzada, en un primer momento, por la espada; y después, por una lengua y cultura común.

El bulto escurre sangre, desde luego; pero es finalmente disfrazado de belleza ante nuestros ojos: la unión de los reinos bajo un mismo cielo y aspiración, a través de una misma lengua. Las palabras uniéndolos a todos en una sola nación. Bien bonito.

Porque, razona Qin y luego Espada Rota, ¿cómo gobernar en paz a los reinos, como si fuesen uno solo, sin una lengua común? ¿Cómo crear prosperidad, si no a través de leyes y expectativas compartidas, con una misma cultura e imaginación del futuro? Todo eso estará condensado en el nuevo sistema de palabras y de signos que la eventual victoria de la espada alumbrará.

Como todo mundo sabe (y si no, se lo obligan a saber), el destino de la espada es la paz, reflexiona el calígrafo y espadachín Espada Rota. Excepto, claro, que entre la espada y la paz hay un montón de gente aferrada a su lengua e identidad. Pueblos que serán forzados a olvidar sus palabras y su historia, sus alegrías y sufrimientos, las afrentas y masacres, en pos una historia inédita pero común, a través de la naciente lengua todounificadora, que traerá paz y prosperidad… tan pronto, claro, como se plieguen a los designios del nuevo Estado.

Por extraño que parezca, es esa última una creencia que solemos aceptar con facilidad en todos lados. En México, por ejemplo, donde la idea de ser una sola nación, de símbolos unívocos, nos sigue descalabrando desde hace siglos contra la necia realidad.

En cualquier caso, pienso en si no habrá acaso otro sentido en el razonamiento de Espada Rota (no del rey que, como todos los reyes, debe sus honores y vanidades a la herencia o el arrebato de la propiedad dócilmente aceptado por el resto). Porque, equivocado o no, además de letal asesino, Espada Rota es un poeta. Sabe dar muerte a los viejos signos, pero también crearlos. El de la palabra «espada», por ejemplo. Y si no hay diferencia entre la caligrafía y la espada, como afirma, todo para él es escritura. Vayan a dar al cuerpo de sus enemigos o al papel, sus trazos son signos con significado y designio. Que alguien así perdone la vida a un tirano bien podría, entonces, simbolizar algo más profundo.

O no. A lo mejor Espada Rota es apenas otro menso convencido de su arte de tantos como tiene el mundo. Pero no es la malicia ni la ambición el motor de sus acciones. Y al perdonar la vida a Qin no espera indulgencia de nadie. Ni siquiera del tirano. Quiere, eso sí, necesita con desesperación, que su única familia le crea, le tenga fe, que sepa que no es un traidor, sino un visionario o, al menos, si eso tampoco, un esperanzado cuya torpeza es creer en la bondad final de todos los propósitos. Incluso, los peores.

¿Qué es entonces lo que ve o deja de ver una persona así en la voluntad fantasmagórica del poder y de la espada, una voluntad hecha de niebla, de cortinas y de aire en un salón vacío? ¿Cuál es el valor de su renuncia? ¿Significa algo su gesto repetido de dejar caer la espada, una vez para que Qin gobierne y otra más para que el amor le crea?

Termino de lavar los trastes. Vuelvo a pensar en las academias, los congresos de literatura, los diccionarios y la gramática; en el arrebato unos a otros de símbolos y discursos; en el desprecio, en las ganas de señalar y hasta de borrar como sea al otro, sus palabras y lo que éstas contengan; y en por qué y de qué modo intuyo que está unido todo eso con la película de Zhang Yimou. Hasta que otra vez no entiendo nada y me siento a escribirlo, para ver si así me aclaro. Y no. Pero no dejo de pensar en ese gesto de soltar nomás la espada.




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No hay cosas sin interés. Sólo gente sin ganas de interesarse. ―G. K. Chesterton.